Mercedes Moncada

Los puños de una nación
Manos de Piedra Durán pone de rodillas al Imperio



Panamá.- Era el 20 de junio de 1980 cuando la América caribeña encontraba su representación en Roberto Durán, Manos de Piedra, y a su vez éste empoderaba su genio y la fuerza de su puño con nuestra historia de siglos.
     «Tiburón qué buscas en la orilla, tiburón serpiente marinera, tiburón respeta mi bandera». En palabras de Sugar Ray Leonard, el campeón mundial de welter weight hasta esa noche en el Madison Square Garden, «[Roberto Durán] llegó al ring mucho más concentrado que yo, parecía que no llevase guantes, cada golpe que recibía de él era como un martillo, como una roca. Me golpeó sin parar, como un demonio de Tasmania». Esa noche Manos de Piedra fue el nuevo campeón mundial de los pesos medios. Esta secuencia es el pilar en la construcción de un imaginario, de un mito y también certeramente del documental Los puños de una nación de la cineasta panameña Pituka Ortega.

Lo simbólico
Si el arquetipo que Sandino heredó a Nicaragua fue el de David y Goliat, la relación de Estados Unidos y Panamá, a partir de la construcción del Canal, parecía ser la difícil y compleja imagen de Saturno devorando a sus hijos. A través de entrevistas corales, el documental sugiere un país herido desde su construcción ontológica, desde lo afectivo provocado por la imagen que el espejo del PaísCanal refleja en su población, o sea el país real.
     «La consciencia colectiva panameña veía a Estados Unidos como un coloso imbatible que nadie podía vencer, a excepción de un hombre», dice Ortega y acto seguido pone una toma de archivo de un niño pequeño en una playa, sonriente y en actitud pugilista. «A excepción de un hombre», este niño crecería y por un momento trasladaría de mito a su nación: adiós país colonizado, bienvenido «David» Manos de Piedra, rómpele el hocico al imperialismo de Goliat.

Lo pragmático
En la película, el testimonio de Sugar Ray Leonard no está en el mismo plano que su contrincante, no parece impregnado del espíritu del Tío Sam. Más bien suena sólo a un boxeador, sin más. Que acaba de ser derrotado, despojado de su título de campeón mundial, el que más tarde recuperará en la revancha.
     El devenir de Roberto Durán parece oscilar en un plano difuso donde los afectos de sus seguidores trascienden al deporte: sus derrotas son las derrotas de un país necesitado de victorias y héroes; y son reprochadas. Similar fue el limbo del nicaragüense Alexis Argüello, y de otros boxeadores que ha producido la región. El boxeo, que en términos generales es un deporte de hombres de clases bajas, es uno de los deportes que más dinero mueve; su templo: el Madison Square Garden. Esta dicotomía es donde generalmente el poder se ha sentido atraído en nuestros países. La película da una nota de buen humor contando el presente que Durán se construyó en el universo pragmático, mucho más hábil que Alexis Argüello, a quien el universo de lo simbólico le deparó el trágico destino de un sospechoso suicidio.
     El mundo de los arquetipos sólo nos da una visión simplista de la vida y la Historia no tiene una estructura aristotélica: hasta el mundo de los ogros enrojecería de pudor al ver el despliegue de perversión del David sandinista; nadie nos contó que pasó con los hijos devorados por Saturno y rescatados por Júpiter, qué hicieron después, cómo enfrentaron su futuro.
     


@mercedesmoncada, nicaragüense-mexicana-española, directora de cine documental. Madre de un centauro..

Fotogramas, Mercedes Moncada, DocsMX, 2020
  • Sinopsis
  • En la década de los cincuenta, en uno de los barrios más pobres de la ciudad de Panamá, nació Roberto Durán, el famoso pugilista «Manos de Piedra». En 1980 este boxeador se enfrentó por el campeonato mundial al «Niño de Oro» de Estados Unidos: Sugar Ray Leonard. En ese momento Centroamérica sentía la pesada presencia de la administración de Ronald Reagan. Por eso, enfrentarse y apalear a un contrincante como Sugar Ray tenía un profundo simbolismo.

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