DocsMX | Festival Internacional de Cine Documental de la Ciudad de México

Río Corgo. José Rodríguez

Río Corgo. José Rodríguez
Octubre 14, 2016 Eduardo Yañez

Lo primero es la letanía, larga e interminable, un nombre tras otro: Carrazeda de Ansiaes, Torre de Moncorvo, Escalhao, Belmonte, Freixo de Espada a Cinta, Covilha, Fundao, Alpedrinha, Castelo Branco, Ancede, Vila de Rei, Ferreira do Zezere, Sao Joao da Madeira, Fátima… Lugares tan desconocidos como tan, seguramente, abandonados de la mano de Dios. A uno de esos se aproxima Silva —botas vaqueras, traje negro, bastón, enorme sombrero de «charro», costal al hombro— de espaldas, la cámara lo sigue y Silva continúa con su letanía de pueblos por los que ha pasado, haciendo de todo, de reparador de paraguas, barbero, granjero, ladrillero, payaso, albañil, minero, jardinero y mago, de lo que nos enteraremos mas tarde, cuando llega a instalarse a otro pueblo remoto de Portugal y la cámara nos da una nueva letanía, ahora una visual.

No es fácil pensar en Río Corgo como un documental tradicional porque todo o casi todo parece una puesta en escena, con un actor que no es actor, pero al que le dieron instrucciones precisas, como a casi todos los demás personajes que aparecen en el documental sin aparente orden ni concierto.

Uno se pregunta entonces, ¿cuándo un documental deja de ser documental y empieza a ser ficción? ¿Cuáles son las líneas que separan a una película de Amat Escalante, actuada por no actores y este documental que tiene personajes que no son actores, pero que actúan, y las vivencias son reales pero tan puestas que parecen ficción?

Hay películas de ficción que buscan el tono documental y documentales que montan la escena como ficción. Suele suceder que el recurso en la ficción casi siempre resulta una virtud como que en el documental casi siempre termina en impostura.

Río Corgo no es el caso. Lo que sucede es que perdemos la certeza de lo que estamos viendo. Silva, el personaje al que los directores dan seguimiento, viejo y solo, llega a un pueblo desolado a orillas del río Corgo. Este es un lugar desolado, con el progreso y la modernidad rodeándolo por todos lados: vías para el paso de modernos trenes, grandes torres llevando luz a lugares desconocidos, gigantescos molinos de viento generando electricidad, puentes atirantados para facilitar el tránsito hacia todos los lugares que Silva ha conocido a pie. En este lugar, la única relación que establece es con una muchacha, Sólo ella habrá de sentir su muerte. Si la diferencia es que las películas de ficción tienen un final predeterminado y en el documental las historias no tienen fin, en esta película el personaje con su muerte, termina con la historia.

El documental nos llega a confundir por la mezcla de verdad y ficción, pero el resultado es muy conmovedor, en la sucesión de larguísimas tomas, las imágenes parecen una plática de borrachos en la que el que habla repite una y otra vez lo dicho porque se le olvida que ya lo dijo, porque lo quiere decir muchas veces sólo por el placer de escucharse o simplemente porque se había quedado con las ganas de decirlo una vez más.

 

José Rodríguez
«Rolo» para los cuates, es un incansable promotor del cine nacional y en los años setenta fue como el «Mantequilla» del cine independiente mexicano.

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