DocsMX | Festival Internacional de Cine Documental de la Ciudad de México
12 al 21 de octubre | 2017

Cuando hablamos de la KGB. Marco González Ambriz

Cuando hablamos de la KGB. Marco González Ambriz
octubre 15, 2016 Eduardo Yañez

En el centro de Vilna, capital de Lituania, se localiza el Museo de las Víctimas del Genocidio, institución que se dedica a preservar y exhibir documentos relacionados con la ocupación de este pequeño país báltico durante cinco décadas, a partir del Pacto Molotov-Ribbentrop de 1940, mediante el cual Hitler y Stalin acordaron que el Ejército Rojo tendría el derecho de invadir Estonia, Letonia y Lituania para integrarlos al sistema comunista como parte de un acuerdo de no agresión entre ambos países. A la ocupación soviética le siguió la nazi, cuando Hitler violó el pacto al invadir Polonia en 1941, hasta que en 1944, Stalin recuperó el control sobre la región del Báltico. Lituania no volvería a ser una nación independiente hasta 1991, tras el colapso del régimen soviético.

Se estima que entre 1941 y 1958 Lituania perdió un millón de habitantes —un tercio de la población— y a la muerte de Stalin el aparato represivo del régimen comunista moderó sus métodos sin perder jamás el control sobre los ciudadanos, que podían ser arrestados en cualquier momento y transportados a la sede de la KGB. Ahí les esperaba una celda diminuta en la que se les encerraba durante varias horas antes de ser llevados a otras más amplias, pero inhumanamente frías, donde podían permanecer meses o años antes de ser liberados, exiliados a Siberia o transferidos a hospitales psiquiátricos. El Museo de las Víctimas del Genocidio ahora ocupa este mismo edificio y el público en general puede visitarlo y, en algunos de sus calabozos, oír a los estudiantes del conservatorio contiguo, tal como hacían en su momento los prisioneros.

En el documental Cuando hablamos de la KGB la cámara recorre esos pasillos mientras se escucha el testimonio de varios disidentes, quienes recuerdan sus motivos para oponerse a un régimen que supervisaba cada aspecto de la vida cotidiana y con el que no se podía negociar. «Creo que al presentar una experiencia individual y auténtica uno puede ver una muestra representativa de esa época, que no procura alcanzar ningún tipo de conclusión. Porque no puede haber ninguna conclusión bajo esas circunstancias», explica Maxì Dejoie, uno de los directores. De ahí que el trabajo se fragmente en vivencias personales que son apenas un atisbo del horror que los lituanos debían soportar por incurrir en las actividades más nimias, siempre que estas fueran consideradas peligrosas por un gobierno de ideario inescrutable para la mayoría de sus súbditos.

La secuencia más aventurada en su aspecto formal es aquella que recrea el operativo que montó la KGB para capturar a un ciudadano cuyo delito sería considerado un mero hobby en otro régimen. Es el mismo protagonista de los hechos quien recorre las calles de Vilna, explicando a cada paso la elaborada trampa de la KGB, mientras que los agentes soviéticos son representados por actores. El resto de los testimonios consiste en entrevistas filmadas a la manera tradicional, pero de gran valor porque arrebatan fragmentos de memoria a la evanescencia del devenir histórico, la misma que le abre paso a la impunidad. Aunque el documental se enfoca en la última etapa de la represión comunista, el tiempo transcurrido vuelve urgente registrar las reminiscencias aún presentes en la mente de las víctimas. Tal es el caso de Algirdas Statkevicius, quien padeció catorce años de cárcel y que no siempre logra deslindar las distintas etapas de su cautiverio debido a su avanzada edad, pese a que su esposa no deja de orientarlo.

Maxì Dejoie y su codirectora Virginija Vareikytė contrastan las palabras de los opositores, que lo mismo podían ser hippies que profesores universitarios, con las de sus celadores. Hay entrevistas con dos exagentes de la KGB, ambos lituanos, quienes explican sus razones para colaborar con un gobierno de ocupación, pero que a la vez son capaces de admitir que el sistema al que obedecían era desleal, libres también ellos de cualquier deferencia a un régimen que parecía inmortal pero que se evaporó en un par de años.

Marco González Ambriz
Coeditor de la revista www.revistacinefagia.com.

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